Ben creció a orillas del Seno Última Esperanza. Su papá era
ovejero en Cerro Castillo; su mamá hacía clases en la escuela
del pueblo. A los diez años ya ataba sus propias woolly buggers
con lana de oveja y pescaba el Río Serrano con una caña de
fibra de vidrio que un tío le había traído de Argentina.
A los 19 se fue al norte, a Junín de los Andes — seis temporadas
en el Chimehuín, el Malleo y el Collón Curá. Los lodges argentinos
le enseñaron el oficio: 60 clientes por semana, 14 guías, cocinas
profesionales, logística impecable. Ahí aprendió a lanzar con la
zurda, a remar un drift boat con viento serio y a arreglar
cualquier cosa con una Leatherman y un rollo de huincha.
En 2013 se volvió a casa. El plan era simple: armar una operación
más chica y más cuidada que las que había trabajado en Argentina —
donde el mismo guía te recibe cada mañana, la comida sale de la
misma cocina cada noche y nadie en el bote lleva menos de cinco
años en el equipo. Patagonia Line corrió su primera temporada en
noviembre de 2014: dos clientes, una camioneta y una cabaña prestada.
The Line Hotel abrió en 2018 — ocho habitaciones en un terreno
que la familia tenía desde 1962, a 1,5 km del centro de
Puerto Natales, construido pieza por pieza con artesanos locales
en madera de lenga y coigüe. Sigue siendo el único bien de la
operación que tiene su nombre en la escritura.